El estándar Passivhaus y la arquitectura sostenible



            La preocupación por el medio ambiente, el bienestar humano y la eficiencia energética en la construcción son relativamente recientes. Si bien es cierto que la arquitectura, especialmente la tradicional o popular, ha estado siempre ligada a la naturaleza, el clima y el lugar, y que sus soluciones han buscado la satisfacción humana, nunca como en la época contemporánea se ha pretendido de forma intencionada que estos tres factores alcanzasen simultáneamente altos grados de optimización.
            Las primeras construcciones humanas tomaban los materiales de su entorno y adoptaban las formas más adecuadas para adaptarse al clima de su región. El impacto en el  medio ambiente derivado de la ejecución de estas construcciones era bajo, pero los niveles de bienestar que ofrecían a sus ocupantes también lo eran, especialmente si se comparan con los niveles de calidad de vida que exige la sociedad moderna. La preocupación por la eficiencia energética como tal ni siquiera existía. Por el contrario, los métodos de construcción modernos, gracias al avance tecnológico, permiten usar materiales de sitios remotos e incluso ignorar las enseñanzas adaptativas relativas a la forma del edificio sin menoscabo del bienestar humano. Los obstáculos se superan con un elevado coste energético y un gran impacto sobre el medio ambiente.
            Entre un extremo (sumisión del bienestar humano a la naturaleza) y el otro (desprecio del entorno natural a cambio del bienestar personal), surgen los llamados movimientos de arquitectura sostenible, bioclimática o ecológica, que buscan un alto bienestar humano con construcciones de mínimo impacto en el medio natural y eficientes energéticamente para consumir la menor cantidad de recursos posibles. Esta difícil apuesta requiere la búsqueda de nuevas formas de construir, nuevos materiales y de nuevas tecnologías que en algunos casos, como en lo que se refiere a fuentes de energía renovables no están lo suficientemente desarrolladas como para competir en el mercado, presentan fuertes desventajas prácticas o tienen un uso de ámbito netamente experimental.
            La dificultad del reto, sin embargo, lejos de causar inmovilismo ha servido de acicate para el surgimiento de soluciones novedosas que se han ido perfeccionando con el tiempo. Hoy en día la obligatoriedad de la certificación energética en España para calificar las edificaciones en función de su eficiencia energética nos demuestra que el camino se ha recorrido despacio pero sin pausa. Sin embargo, hay iniciativas mucho más ambiciosas en el cuidado medioambiental que llevan tiempo desarrollándose, es el caso de los denominados edificios de energía cero (EEC, o en inglés, NZEB, acrónimo de net-zero energy building), los edificios de baja energía o los edificios construidos bajo el estándar de casa pasiva o Passivhaus (PH), según su denominación original en alemán.


            El estándar Passivhaus surgió a finales de la década de los 80, en mayo de 1988, como resultado de una conversación entre Bo Adamson de la universidad sueca de Lund y Wolfgang Feist del Instituto para la Vivienda y el Medio Ambiente de Alemania, siendo la idea original desarrollada posteriormente a través de diversos proyectos de investigación apoyados financieramente por el estado alemán de Hesse. Sus principios son sencillos: una casa pasiva es un edificio que no requiere de un sistema de calefacción tradicional gracias a un buen aislamiento y a un sistema de intercambiadores de calor que evita las pérdidas derivadas de la ventilación.



            Actualmente para poder declarar que un edificio cumple con el estándar Passivhaus debe satisfacer los siguientes criterios de certificación fijados por el Instituto de Casa Pasiva de Darmstadt (Passivhaus Institut, PHI):
            -Demanda de calefacción < 15 kWh/(m²a)
            -Demanda de refrigeración < 15 kWh/(m²a)
            -Demanda en energía primaria < 120 kWh/(m²a) (calefacción, agua caliente y electricidad)
            -Estanqueidad < 0.6 renovaciones de aire por hora (valor de estanqueidad 50 Pa)
            Estos rigurosos criterios obviamente no son de obligado cumplimiento, aunque cada vez es mayor la tendencia a acercar las soluciones de la construcción convencional a sus exigencias, algo que es posible hacer paulatinamente gracias a las mejoras técnicas, abaratamiento del coste de materiales y elementos altamente aislantes, y a la voluntad política. Es preciso señalar que aunque el nombre Passivhaus se refiere a viviendas, el estándar se puede aplicar y de hecho se aplica a toda clase de tipologías de edificios: oficinas, escuelas, guarderías, supermercados, etc. Del mismo modo puede ser aplicado tanto a obra nueva como a rehabilitación, aunque en el segundo caso los retos y dificultades a superar suelen ser considerables, por lo que en la práctica el grueso de las edificaciones certificadas como Passivhaus son de nueva construcción.
            Los métodos que se utilizan para conseguir satisfacer tan rigurosos requisitos son básicamente “pasivos”, lo que explica su denominación de “casa pasiva”. La mayor parte de la demanda de calor o refrigeración se cubre mediante estrategias de captación u obstrucción de la radiación solar, aislamiento y hermeticidad, optimización de la forma del edificio y diseño energéticamente eficiente, aprovechamiento del calor de las personas y en último caso mediante equipos técnicos.
El diseño capaz de combinar adecuadamente los diversos recursos es necesariamente complejo, por lo que para facilitar la labor el Passivhaus Institut proporciona un programa específico de simulaciones por ordenador denominado Passivhaus Planning Package (PHPP).
Los primeros elementos a tener en cuenta en el diseño son el factor de forma del edificio, su posición en el territorio, y el aprovechamiento que hace de la luz solar que recibe. La forma ha de ser compacta, para evitar tener mucha superficie expuesta en relación a su volumen, las ventanas han de estar bien orientadas y ser de tamaño acorde al clima, y en caso necesario deben preverse elementos de protección solar como lamas, parasoles, pérgolas, masas de árboles, etc. El color del edificio, por sus efectos en la reflexión y absorción del calor, ha de estar adecuado a la temperatura exterior media predominante.
En segundo lugar es fundamental disponer un excelente aislamiento térmico en la envolvente, muy superior a lo habitual en la construcción convencional, desde los muros exteriores hasta la cubierta y la solera, para conseguir una baja transmitancia térmica. El diseño de los detalles constructivos ha de ser cuidadoso para evitar los puentes térmicos por los que podrían producirse fugas de calor.
El uso de ventanas de alta tecnología es primordial, pues los vanos en la envolvente representan el mayor reto a la hora de conservar el calor y garantizar la hermeticidad que exige el estándar Passivhaus. Las carpinterías elegidas han de ofrecer una muy baja transmitancia térmica y los acristalamientos han de ser de  triple vidrio rellenos con un gas inerte, argón o kriptón. Con el fin de mantener el calor dentro de la vivienda en invierno y fuera en verano el vidrio ha de ser bajo emisivo.

La hermeticidad es un factor esencial del estándar Passivehaus y su exigencia es por principio mucho mayor que la habitual en construcción convencional. Esto se debe a que si la envolvente exterior es lo más estanca posible se pueden controlar más fácilmente mediante ventilación mecánica las ganancias o pérdidas de calor y a que la utilización de un fuerte aislamiento requiere de un especial cuidado con la humedad y los puntos de condensación. Por ello en este tipo de construcciones las juntas deben cuidarse al máximo durante la ejecución. La satisfacción de este requisito se evalúa a través de la denominada  prueba de presión (también llamado ensayo Blower-Door), en el que se crea artificialmente una diferencia de presión entre el interior y el exterior mediante un ventilador en la puerta de entrada. Se considera que el edificio cumple el estándar PH si el resultado es inferior a las 0,6 renovaciones de aire por hora, una cifra muy por debajo de las hasta 3 renovaciones de aire por hora de un edificio tradicional y las 2 de un edificio calificado como de bajo consumo energético.

Esquema de funcionamiento de un edificio diseñado
siguiendo el estándar Passivhaus (PH)

Otro de los factores definitorios de la casa pasiva es el control de la ventilación. Si el ambiente es propicio la ventilación natural (simple o cruzada) juega un papel fundamental y es un componente integral del diseño. En caso de que el ambiente no lo sea se emplean además sistemas mecánicos de ventilación y recuperación de calor (con una tasa de recuperación de más del 80%) cuidando de mantener la calidad del aire. Dado que los edificios de diseño pasivo son esencialmente herméticos, la velocidad del cambio de aire puede optimizarse y controlarse cuidadosamente, aprovechando el calor que generan las personas, los animales y los electrodomésticos mediante el precalentamiento del aire limpio entrante antes de expulsar el aire viciado.
Como consecuencia del uso de intercambiadores de calor para recuperar energía, la regulación de la ventilación, la hermeticidad y el fuerte aislamiento, las casas pasivas no requieren de una fuente de calefacción convencional, aunque en la práctica se suelen instalar bombas de calor adicionales para despreocupar a los clientes ante imprevistos. Según las preferencias del diseñador pueden incorporarse también métodos de climatización geotérmica como pozos provenzales, canadienses, tubos enfriadores subterráneos o intercambiadores aire-suelo que permiten precalentar (o pre-enfriar, según el caso) el aire de ventilación.
Finalmente es importante hablar sobre la iluminación y el consumo energético general. Con objeto de minimizar el consumo total de energía primaria ha de cuidarse el diseño para aprovechar al máximo la iluminación natural. La iluminación artificial en interiores ha de realizarse mediante lámparas de bajo consumo y la iluminación exterior de circulación, seguridad y paisajismo con energía solar, alimentada mediante células fotovoltaicas para cada luminaria individualmente o con un sistema centralizado de paneles solares. Mediante sensores de luz natural y otros instrumentos de domótica pueden optimizarse aún más los consumos de energía. Los electrodomésticos y demás aparatos han de tener una alta calificación de eficiencia energética.
Diseñando y construyendo según el estándar Passivhaus se obtienen numerosas ventajas, como ya se ha descrito, aunque la experiencia y el análisis detallado ha permitido hacer aflorar una serie de inconvenientes y críticas. El más evidente es el sobrecosto que supone con respecto a una casa convencional, que es lo que lo convierte en definitiva en un estándar voluntario y no obligatorio. Sin embargo, hay otras de mayor calado. La exigencia de hermeticidad, con tan escasas renovaciones de aire por hora (el mínimo que se considera saludable es de 0,3 r.p.h.), presenta inconvenientes prácticos, limitando el libre uso de las ventanas, que el usuario está obligado a abrir con poca frecuencia. Además supone limitaciones a la hora de elegir los materiales, acabados y mobiliario interior, para minimizar los efectos de agentes químicos y olores. También han de cuidarse las actividades llevadas a cabo en el interior, para que no se altere el equilibrio si es preciso ventilar una o más habitaciones con frecuencia. Otro inconveniente que se ha observado es el requisito de temperatura interior homogénea, lo que hace imposible tener habitaciones individuales (por ejemplo, los dormitorios) a una temperatura diferente del resto de la casa. Algunos estudios científicos consideran que una temperatura relativamente alta en las áreas para dormir no es fisiológicamente deseable.
En cualquier caso, más allá de sus ventajas e inconvenientes, el estándar Passivhaus ha sido a lo largo de más de 20 años un referente dentro de la arquitectura sostenible y un banco de pruebas para medidas que poco a poco ha ido adoptando la construcción convencional. La preocupación por la eficiencia energética y el cuidado con el aislamiento se han convertido en algo cotidiano y cada vez más demandado por la sociedad actual, y eso se debe en parte a quienes lo impulsaron de manera teórica a finales de los 80 y empezaron a ejecutarlo en la práctica en la década de los 90. La historia de su evolución, mejora, puesta en práctica y sus logros, junto con los de otras iniciativas similares ideológicamente, demuestra hasta qué punto los cambios producidos en un pequeño sector de la arquitectura pueden propagarse y ser útiles en la construcción masiva transformando lo que hasta entonces era lo convencional.

            El primer edificio diseñado siguiendo el concepto de casa pasiva fue construido en 1990, y ocupado un año después, en la ciudad alemana de Darmstadt en el distrito de Kranichstein. Fue planificado y llevado a cabo bajo la supervisión del doctor Wolfgang Feist y el Instituto de Vivienda y Medio Ambiente de Alemania con excelentes resultados. Se trataba de cuatro unidades de vivienda adosadas formando un edificio compacto y todos sus componentes mostraron un funcionamiento perfecto permitiendo obtener un ahorro energético de alrededor del 90% en comparación con una casa convencional de la época.


Primera casa construida con el estándar Passivhaus
(1990, Darmstadt, Alemania)

            Sin embargo, es interesante observar que aunque desde un punto de vista estricto este fue el primer ejemplo ya hubo precedentes anteriores que apuntaban muchas de las estrategias y técnicas de la casa pasiva. Quizás el más llamativo sea el buque polar noruego Fram, utilizado por exploradores como Roald Amundsen, que ya en 1883 fue construido con paredes y techos altamente aislados con muros de hasta 40 centímetros de espesor y con acristalamientos triples para evitar el uso de calefacción incluso con temperaturas exteriores por debajo de cero. Posteriormente, ya en el ámbito de la arquitectura, la Universidad Técnica de Dinamarca construyó en 1973 una casa siguiendo algunos de los principios que hoy se consideran propios del estándar Passivhaus para crear un edificio que con los criterios actuales se clasificaría como de baja energía. Los avances que introdujeron eran demasiado caros para una aplicación masiva, no se solucionaron los problemas de pérdidas energéticas en las ventanas ni se tomaron medidas claras sobre la hermeticidad del edificio, pero aún así su experiencia supuso un impulso notable para este camino abierto hacia la arquitectura sostenible.

            En septiembre de 1996, pocos años después de que el doctor Wolfgang Feist lograra construir con éxito la primera casa pasiva, se fundó el Passivhaus Institut (PHI) en Darmstadt con el objetivo de difundir y controlar el nuevo estándar. A partir de entonces el número de edificaciones certificadas conforme a él creció de forma constante, lográndose una y otra vez nuevos hitos. En 1998 se construyó la primera casa pasiva independiente en Bretten, Alemania, y también el primer gran edificio de oficinas de Europa, la sede de una empresa en Cölbe cerca de Marburg. En el año 2000 se utilizó el estándar PH por primera vez en construcción de vivienda pública, fueron 40 viviendas en Kassel. Entre 2004 y 2005 se ejecutaron las obras de la primera casa pasiva de alta montaña, situada a 2.154 metros sobre el nivel del mar en el pico austriaco Hochschwab. En 2010 se terminó de rehabilitar en Friburgo de Brisgovia el primer bloque de viviendas en altura certificado con el estándar de casa pasiva, construido originalmente en 1968 tiene una altura de 45 metros, dieciséis plantas y más de 7.000 metros cuadrados construidos. En los últimos tiempos la administración pública alemana ha adoptado el estándar con entusiasmo ejecutando viviendas, escuelas, gimnasios e incluso piscinas cubiertas como la de la ciudad bávara de Bamberg, la primera certificada como PH, con más de 1.700 metros cuadrados de superficie de agua repartida en seis piscinas.

Refugio Schiestlhaus,el primero de alta montaña construido
según el estándar Passivhaus (Hochschwab, Austria)

            El estándar Passivhaus goza de buena salud y es especialmente popular en los países de habla germana, Alemania, Austria y Suiza (en esta última bajo la denominación Minergie-P), pero también en Italia (Tirol del Sur), Polonia y los países escandinavos. Ha llegado también a Estados Unidos, aunque su seguimiento es muy minoritario, siendo la primera construcción allí una residencia privada situada en Urbana, Illinois, construida en el año 2003, aunque la primera certificada es del año 2006, una escuela en Bemidji, Minnesota.
Estimaciones del año 2008 arrojaban un número de casas pasivas construidas en todo el mundo en torno a las 15.000 o 20.000, la mayoría en zonas de habla germana. Por tanto su expansión a nivel global es a día de hoy una utopía. Y es que ni todos los climas tienen las mismas necesidades ni la voluntad política, medios técnicos o económicos en todos los países son favorables a la instauración de un estándar tan riguroso y exigente.

En cualquier caso las iniciativas de arquitectura sostenible, ecológica y bioclimática no se detienen, y ya sean edificios bajo el estándar Passivhaus, EEC, de baja energía o certificación LEED, el camino hacia el bienestar humano con construcciones eficientes que respetan el medio natural ya está trazado.





Milyutin y la ciudad lineal socialista / La influencia de la Ciudad Lineal de Arturo Soria (II)



            Tras la caída del régimen zarista como consecuencia de los acontecimientos de la Revolución rusa y la instauración del régimen soviético, el ideario socialista se convirtió en la referencia para todas las actividades de la Rusia de principios del siglo XX. A raíz del cambio político surgió un periodo de fuerte experimentación y reorganización que afectó tanto a la industria como a las artes y muy particularmente a la arquitectura.
Nikolay Alexandrovich Milyutin, que había sido activista sindical y había participado en la Revolución de Octubre, fue parte de ese movimiento que impregnaba del ideario socialista toda la actividad creativa y productiva del país, siendo hoy día conocido por sus aportaciones en el campo del urbanismo y la arquitectura. Aunque no había podido acceder formalmente a la universidad para estudiar arquitectura sí recibió clases de carácter técnico y artístico en instituciones que ofrecían formación gratuita, la única que pudo tener a su alcance. Con ese bagaje formativo y el enfoque político, social y conceptual que aportaba el socialismo se sumergió en la tarea de encontrar el modelo más adecuado de ciudad para el nuevo tiempo que se vivía en la Unión Soviética y con sus reflexiones publicó en 1930 el libro ‘Sotsgorod- El problema de la construcción de ciudades socialistas’ donde desarrollaba sus ideas. El editor de la Enciclopedia Soviética, N. Meshcheriokov, escribió el prólogo del libro.


Portada de 'Sotsgorod - El problema de la construcción
de las ciudades socialistas'

Los vínculos entre la propuesta urbanística de Milyutin y la emergente ideología socialista se introducían a través del enfoque con que debería ser realizada, la forma en que debía ser habitada y sus objetivos finales: había una planificación completa de la economía social y se controlaba la construcción y la ubicación de las áreas industriales y sus zonas residenciales contiguas buscando las soluciones que se estimaban más racionales y eficaces; además, se abogaba por viviendas colectivistas (a diferencia de los países con sistemas capitalistas, donde la economía tenía su núcleo básico en las familias y en los individuos), bajo un diseño que se pretendía sirviera sólo a los intereses de los trabajadores que vivirían en ellas y no a los intereses de los empresarios.
Desde 1928 Milyutin presidía la comisión soviética para el planeamiento urbano y colaboraba con los teóricos Moisei Ginzburg y Mikhail Okhitovich. Esta colaboración resultaría decisiva en sus planteamientos. A grandes rasgos la idea de ciudad que desarrollaba en ‘Sotsgorod’ se asemejaba a una propuesta des-urbanista de ciudad lineal elaborada con anterioridad por Mikhail Okhitovich. Sin embargo, Okhitovich acotaba su ciudad entre dos bloques industriales mientras que Milyutin no limitaba el crecimiento, por lo que al menos desde un punto de vista teórico el crecimiento lineal podía prolongarse de forma indefinida, sin restricciones, a la manera del modelo original de Arturo Soria en Madrid. También resultaría decisiva la influencia de Ginzburg, cuyos trabajos de investigación en torno al urbanismo y los nuevos tipos de vivienda aportaron enfoques muy poco convencionales. Ginzburg dirigía a un grupo de jóvenes arquitectos de la escuela Vkhutemas del que surgieron ideas radicales dirigidas hacia el des-urbanismo. Planteaban abandonar las ciudades, o convertirlas en meros museos, e irse a vivir al campo. La forma de colonizar el territorio consistía en construir los nuevos edificios siguiendo un orden lineal en forma de franjas con distintos usos en torno a las carreteras, las vías del ferrocarril o los ríos. Con ello pretendían solucionar los problemas de transporte: colocaban las industrias a un lado de la vía y las viviendas, dotación y zonas verdes en el otro, de manera que para ir a trabajar bastase con cruzar caminando en perpendicular, y para ir a otro lugar tomar alguna de las vías rápidas usando un vehículo.

Plano de la Ciudad Lineal de Arturo Soria en Madrid que publicaron
en 1930 Milyutin en su libro 'Sotsgorod' y El Lisitski en 'Russland'

La corriente des-urbanista soviética tuvo en la Ciudad Lineal de Arturo Soria una fuente de inspiración y referencias fundamental, si bien no en lo que se refiere a la ideología socialista, si en lo referido a la funcionalidad, la eficiencia de las nuevas formas de transporte y su enfoque de la dicotomía campo-ciudad. En 1930 tanto Milyutin en su libro ‘Sotsgorod’, como el artista y arquitecto ruso El Lisitski en ‘Russland’,  incluyeron planos de la experiencia madrileña presentándolos como un modelo a seguir para el desarrollo de las nuevas ciudades socialistas en la Unión Soviética. La idea que Arturo Soria había expuesto por primera en 1882 resultó sumamente inspiradora para Milyutin y los des-urbanistas, y sin duda la pretensión de “ruralizar la vida urbana y urbanizar el campo” encajaba a la perfección con las inquietudes de los experimentadores soviéticos. Aunque el automóvil apenas existía a finales del XIX, la propuesta madrileña, basada en un moderno corredor de transporte (ejemplificado en el tranvía) y viviendas unifamiliares, se había mostrado eficaz y funcional y mediante la Compañía Madrileña de Urbanización (CMU) había logrado ejecutar más de cinco kilómetros a las afueras de Madrid siguiendo el modelo teórico. Por tanto, los des-urbanistas soviéticos tenían ante sus ojos un ejemplo, construido y en pleno funcionamiento, que plasmaba gran parte de sus ambiciones.
Milyutin realizó proyectos de ciudad lineal como modelos ideales de la nueva ciudad socialista para varios lugares, entre los que destacan el de Magnitogorsk y el de Stalingrado, u otros menos conocidos como el de la ciudad de Nizhni Novgorod.

Propuesta de ciudad lineal socialista para Nizhni Novgorod de Milyutin

El caso de Magnitogorsk fue especialmente sintomático del auge y popularidad de los planteamientos de la ciudad lineal. En el concurso que propuso el gobierno soviético para el trazado de la ciudad se recibieron varias propuestas con este enfoque entre las que sobresalían la de Leonidov y la de Milyutin, aunque finalmente el encargo fue confiado al arquitecto alemán Ernst May y su equipo de Frankfurt.

Propuesta de ciudad lineal socialista para Magnitogorsk de Milyutin

La actual ciudad de Magnitogorsk, situada al sur de los montes Urales junto al cauce del río Ural, comenzó siendo en 1929 un pequeño asentamiento industrial para la extracción de mineral de hierro. Sin embargo, bajo el impulso del  Primer Plan Quinquenal de Stalin (1928 - 1932) creció rápidamente y fue necesario ordenarla adecuadamente, motivo por el cual se convocó el concurso. Milyutin optó por un planteamiento lineal en forma de franjas paralelas con distintos usos tomando como referencia el eje del río. Empezando por la franja más cercana al río, las zonas eran: zona verde, zona de viviendas, zona verde (como protección frente a los ruidos, olores, etc, de la zona de trabajo), zona industrial o de producción y, finalmente, franja de tránsito y transporte (donde se ubicaban las carreteras y vías férreas). La franja destinada a viviendas incluía además diversos servicios: abastecimiento de alimentos y otros productos, los equipamientos culturales y también los educativos. Por otra parte, en la zona verde se incorporaban los equipamientos deportivos.
La suerte no sonrió a la propuesta de Magnitogorsk, pero esa fue sólo una más de las muchas variantes de ciudad lineal socialista que elaboró Milyutin. En su libro ‘Sotsgorod’ de 1930 usó también el trazado lineal para la planificación de una nueva ciudad satélite en torno a la fábrica de tractores de Stalingrado. En este caso el eje de referencia era el río Volga y a partir de él se generaban seis franjas paralelas con los distintos usos en el siguiente orden: una franja dedicada a uso agrícola, zona de parque y deportiva, zona residencial compuesta por instituciones colectivistas y con un área juvenil aparte con escuelas y guarderías, zona verde (incluyendo una autopista), zona industrial (con centros de educación e investigación) y, finalmente, una zona ferroviaria. El mayor inconveniente quizás era el desaprovechamiento del río como medio de transporte para la industria, al colocar la franja industrial relativamente lejos, de manera que se confiaba esa tarea únicamente al ferrocarril. Parece que prefirió primar el río para los usos lúdicos y relacionados con la agricultura. En cualquier caso, la propuesta no llegó a construirse y quedo relegada a un plano puramente teórico.

Propuesta de ciudad lineal socialista para Stalingrado de Milyutin

Milyutin perfeccionó y elaboró numerosas propuestas basándose en la concepción básica de la Ciudad Lineal de Arturo Soria, con las adaptaciones propias del enfoque ideológico socialista (sin duda influido también por las ideas del urbanismo social de la Ciudad Industrial de Tony Garnier) y de las mejoras tecnológicas. Aunque ninguna de sus propuestas se ejecutó su influencia en el urbanismo teórico fue notable y sus contactos con Le Corbusier causaron gran impresión en el suizo que ya había experimentado con las disposiciones lineales en Río de Janeiro y que en la década de 1930 profundizaría con la ciudad lineal industrial de Zlin o el Plan Obús de Argel.

El urbanista soviético moriría en 1942, poco después de obtener al fin el título de arquitecto por el Instituto de Arquitectura de Moscú, sin ver realizada su utopía de ciudad lineal socialista, pero dejando su legado urbanístico para la posteridad.

La caída de la torre Bhimsen, Dharahara, en Katmandú




            El fuerte terremoto que azotó Nepal el día 25 de abril de 2015 destruyó la que había sido una de las construcciones icónicas del valle de Katmandú: la torre Bhimsen, también llamada Dharahara. No era la primera vez que ocurría un desastre de este tipo, la construcción ya había sufrido el efecto de terremotos anteriores en 1834 y en 1934 y la zona, próxima a una falla, tiene registros de seísmos similares en los años 1255 y 1344, hace más de siete siglos.
            En un primer momento la torre Bhimsen y Dharahara  fueron dos construcciones distintas. La primera torre Bhimsen había sido mandada construir en 1824 por Bhimsen Thapa y por aquel entonces constaba de 11 pisos de altura. Ocho años después, en 1932 se construyó una segunda torre, según se cree dedicada a la nieta de Bhimsen Thapa, a la que se denominó Dharahara, que era más pequeña y tenía sólo 9 plantas. En el terremoto de 1834 ambas torres sufrieron daños aunque se mantuvieron en pie. Sin embargo, un siglo después, el 15 de enero de 1934, un nuevo terremoto las derribó. El primer ministro de Nepal, Juddha Shumsher, mandó reconstruir la torre Dharahara, pero no hizo lo mismo con la torre Bhimsen original. Con el paso del tiempo la reconstruida Dharahara empezó a ser llamada con el nombre de la torre desaparecida, pasando a ser conocida también como torre Bhimsen.

La Dharahara a finales del siglo XIX

            La función original de Dharahara era eminentemente militar y era utilizada como torre de vigilancia. El diseño mezclaba el estilo europeo con la arquitectura mogola. Se trataba de una torre de planta circular cuyo diámetro decrecía según se ascendía, lo que le confería el aspecto de un minarete islámico. Su altura tras la reconstrucción era de 61,88 metros y constaba de 9 plantas que se conectaban interiormente mediante una escalera de caracol. En la octava planta había un balcón circular que permitía una vista completa del valle. Una vez perdida su función militar se había convertido en un punto de obligada visita para los turistas, que podían subir hasta su mirador. En la parte superior de la torre había una estatua dedicada a la diosa Shiva.

La Dharahara tras el terremoto de 2015


            Por todas sus peculiaridades y su  importancia arquitectónica la Dharahara había sido reconocida por el Fondo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Desafortunadamente, tras el último terremoto sólo han quedado unos pocos restos de su base.


El Corredor de Jersey / La influencia de la Ciudad Lineal de Arturo Soria (IV)




            La experimentación en suelo estadounidense en torno a la idea de la Ciudad Lineal, concebida por Arturo Soria en 1882, tuvo un primer impulso con Edgar Chambless en 1910 con su Roadtown y fue retomado posteriormente por Peter Eisenmann y Michael Graves en 1965 con el Corredor de Jersey.
A diferencia de Chambless, que era un empresario arruinado con ideas entre lo extravagante y lo utópico, Eisenmann y Graves tenían una sólida formación académica y eran profesores en Princeton. Aún no eran conocidos, pero Peter Eisenmann más tarde sería mundialmente famoso como arquitecto asociado al movimiento deconstructivista y Michael Graves con el posmodernismo. Juntos formaron parte del grupo Five Architects (o New York Five) al que también pertenecieron Charles Gwathmey, John Hejduk y Richard Meier.
En su primera etapa, a la que pertenece el proyecto del Corredor de Jersey, su visión de la arquitectura era neorracionalista y su influencia principal Le Corbusier. No es de extrañar que siguiendo la estela del arquitecto suizo, que tan firmemente creyó en el concepto innovador de la Ciudad Lineal de Arturo Soria tanto a nivel teórico como de proyectos (por ejemplo en Zlin o Argel), acabaran desarrollando su propia versión.
El Corredor de Jersey fue presentado ante el gran público en diciembre de 1965 en un artículo de la revista Life. El número estaba especialmente dedicado a las ciudades en Estados Unidos y en él se alertaba sobre el rumbo peligroso que estaban tomando con su crecimiento desmesurado, el caos y la pérdida de calidad de vida. Les auguraban un dramático final y como solución ofrecían una serie de proyectos urbanísticos para revitalizar, reorganizar y dar nuevas pautas de crecimiento para las viejas ciudades norteamericanas. El proyecto de ciudad lineal del Corredor de Jersey fue uno de ellos.


Peter Eisenmann y Michael Graves proponían dos bandas paralelas completamente edificadas de manera parecida a la propuesta de Chambless. Se trataba de mega-edificios en vez de una organización lineal del territorio urbano para viviendas exentas como planificó y construyó Arturo Soria en Madrid, lo que de entrada suponía una mayor complejidad y elevadísimos costes. Eisenmann y Graves ubicaban los usos industriales en una de las bandas y las viviendas, tiendas y resto de servicios en la otra. Para el transporte y comunicaciones disponían carreteras y autopistas en el basamento del edificio, lo que de nuevo recordaba a la Roadtown de Chambless. Se pretendía que una organización lineal supusiera el fin de los atascos y una racionalización del tráfico, problemas que, desde su misma concepción, sirvieron de motivación para dar forma al proyecto. Las dimensiones que manejaron fueron un ancho de aproximadamente 1,6 kilómetros (una milla) y una longitud de unos 32 kilómetros.
Aunque el Corredor de Jersey finalmente no se construyó la publicación del proyecto logró impulsar las carreras de los por aquel entonces jóvenes arquitectos Eisenmann y Graves. El trabajo que de forma continuada realizaron en torno a la búsqueda de nuevas soluciones urbanísticas y del desarrollo de las ciudades contemporáneas les abrió las puertas del MoMA, que en 1967 les brindó un lugar destacado en su exposición “La nueva ciudad: Arquitectura y renovación urbana”.